¡Cuídese mucho joven, cuídese mucho! Me dijo la recepcionista del Hotel Montreal al entregarme las llaves de la habitación. Desconozco si había un motivo en particular. La solemnidad del tono en que me lo dijo me preocupó un poco. Antes de entrar al elevador le mandé mensaje a Melissa, la esperaría en la habitación 217. Me respondió de inmediato: “Llego en 20 minutos bb”.
Conforme pasan los años, la juventud se convierte en uno de los principales atributos que uno busca en una mujer. En lo personal me siento cada vez más atraído por las mujeres jóvenes, aquellas que transitan en el periodo de mayor belleza femenina, las que todavía no llegan a cumplir el cuarto de siglo. Creo que estas mujeres despiertan en los hombres de mi edad una mayor potencia erótica y sexual. Por eso busqué a Melissa, una chica que se autodenomina teen.
Aquel día estuve resolviendo un asunto en el trabajo. Me habían reportado un incidente y pasé toda la mañana y parte de la tarde resolviendo un fallo que nadie había podido reparar. En un momento de bloqueo mental me dispersé un poco y abrí algunas aplicaciones del teléfono. Me llamó la atención una publicación de Melissa. Anunciaba disponibilidad en la zona de Tlalpan, a unos cuantos minutos del sitio donde me encontraba. No dudé en agendar la cita. A pesar de que no la conocía, contaba con buenas referencias de su servicio. Además de que aquella tarde de lo que tenía antojo era de coger con una teen.
La espera fue corta
Apenas me dio tiempo de bañarme. De pronto tocaron a la puerta. Me sorprendió porque pensé que la recepción del hotel anunciaría su llegada.
Al entrar a la habitación me recibió con un beso en la mejilla. De rostro bello, tez blanca, voz dulce y un físico esbelto, Melissa me pediría esperar unos minutos para pasar al tocador y darse una manita de gato: se despojaría de las caricias y los besos de su anterior servicio. Ese detalle muchas veces resulta incómodo para los clientes: saber que antes de nosotros la escort pudo haber estado con dos o tres clientes. Miento, en realidad ese detalle importa nada.
Del fondo de la habitación saldría una teen ataviada en lencería, arropada con esa tecnología textil que potencia a mil la sensualidad de las mujeres. Las delicadas y firmes formas de Melissa confirmaban su condición de manceba. Al acercarse me percaté que llevaba impreso varios tatuajes en partes clave de su cuerpo, los que le agregan una sazón de perversidad a la supuesta inocencia de su edad.
Antes de iniciar la interacción sexual comenzó a responder unos mensajes, al tiempo que platicábamos sobre banalidades para ir abriendo camino y cumplir con el protocolo mínimo previo a la profanación de su cuerpo.
No pude resistir ante la tentación y comencé a acariciar lentamente sus pies, cuyos dedos presumían una pedicura color rojo escarlata. Llegué hasta sus muslos, ahí le pedí permiso para despojarla del estorboso sostén que protegía sus tetas de mi boca. Me llevé una sorpresa al descubrir un par de pezones atravesados por dos barritas de acero. Recién se había hecho unos piercings en las tetas, de modo que cuando con mi dedo pulgar comenzó a estimular sus pezones rosáceos, me dijo que le dolían un poquito. Tuve que limitarme a chuparle las tetas omitiendo los pezones, sin duda la parte más divertida y placentera cuando uno se pone a mamar las ubres de una dama.
Recuerdo que en ese momento Melissa estaba sentada sobre la cama, descansaba su cuerpo sobre la cabecera con las piernas encogidas y abiertas. Su lencería transparentaba un sexo húmedo y palpitante. Llamó enormemente mi atención atestiguar el contraste de su rostro “inocente”, de su grácil figura, de la suavidad de su voz versus la perversidad de sus senos y sus tatuajes situados en varias zonas eróticas de su cuerpo.
Seguido del prelude le dije que se acomodara en 20 uñas. Comencé a darle besitos tronados en las nalgas antes de penetrarla. De vez en cuando acompañaba los besos con suaves nalgaditas que ponían sus pompitas coloradas. Qué momento tan placentero estar con una mujer como Melissa; disfrutar la panorámica que dibujan sus amplias caderas; gozar la suavidad de su epidermis; y tener la engañosa percepción que uno se hace sobre la fragilidad de su cuerpo cuando este tipo de chicas teen podrían follarse a un mandingo sin chistar.
La mayoría del tiempo me la pasé adherido al culo de Melissa. Copulando de a perrito uno tiende a perder la noción del tiempo y el espacio. Mi cuerpo sentiría el cansancio de las embestidas, así que me vi obligado en tomar un breve descanso.
Aproveché para sugerirle que cambiáramos de posición
Me senté sobre el filo de la cama y le pedí que se sentara sobre mi verga, viéndome de frente. El ensamblado de nuestros cuerpos formaba una suerte de flor de loto. A veces rememoro la sensación de estar dentro de ella, de abrazarla y de sentir la delicadez de su figura.
De repente me brotaría el impulso de levantarme y cogérmela en el aire. Le susurré al oído que me abrazara mientras yo me ponía de pie cuidando de no salir de ella. Frente al espejo sujeté sus dos piernas con mis brazos y la comencé a impulsar con el centro de mi cuerpo hasta lograr el efecto coital. Tras unos minutos mis piernas comenzaron a temblar, tuve que descansar su cuerpo sobre el tocador. Volví a ponerme de pie, caminé unos pasos y me recosté sobre la cama con ella encima. Le dije que me continuara cogiendo hasta terminar.
En el intermedio nos quedamos tumbados sobre la cama
Platicamos de algunas banalidades y de su experiencia en este medio.
De pronto, Melissa observó su reloj y me dijo que nos quedaban solo 10 minutos para hacer algo. No quise quedarme a la mitad de un palo, así que le pedí que me masturbara.
A lo siguiente me refiero cuando digo que las teens despiertan una peculiar carga sexual en los hombres maduros. En cuanto Melissa sujetó mi miembro con su mano, sentí un violento torrente de dopamina y oxitocina activar mi sistema nervioso del placer. Sin darme cuenta, los vasos sanguíneos de mi verga estarían colmados: recuperaría de inmediato la erección. Así estuvimos los 10 últimos minutos de la noche: besándonos y sintiendo la empuñadura de Melissa asida a mi verga.
Para mí, el clímax de la noche llegaría al observar el rostro perverso-angelical de Melissa, masturbándome vigorosamente con su delicada mano de largas uñas color perla empeñada en cumplir con el último servicio de la noche. Al final, una parte de mi semilla quedaría esparcida sobre su mano y otra embarrada para la posteridad sobre la cama.
Una vez despachado, nos metimos a bañar. El Uber de Melissa llegaría a los pocos minutos. Nos despediríamos con un beso de adiós en la mejilla.
A lo pocos minutos de su partida sentí que quería volverla a tener conmigo. A pesar de haber quedado “satisfecho”, el recuerdo fresco de esta teen volvería a invocar el deseo primitivo e insaciable de poseerla. Disfrutar de una mujer como Melissa requiere de una mayor inversión de tiempo. Sería para otra ocasión.
Dejé las llaves de la habitación y salí caminando del Hotel Montreal
La brisa fría de la noche golpeó mi rostro y trajo a mi mente la imagen de la recepcionista: ¡cuídese mucho joven, cuídese mucho! Durante los días siguientes, el C4 en Alerta estaría publicando varias noticias sobre prostitutas que asaltan a sus clientes en los hoteles de Tlalpan. No cabe duda, uno de los riesgos que uno corre al practicar este deporte extremo.